Sobre

Pequeños detalles que dejan grandes recuerdos

La historia detrás de Rubo Factory 3D

Nací en 1973, cuando la televisión todavía era en blanco y negro, cuando solo había dos canales y la imaginación era el mejor juguete del mundo. De niño soñaba con tener en mis manos a los personajes de las películas y de los dibujos animados, esos que protagonizaban mis aventuras inventadas. Y a la niña que me gustaba en el cole le regalaba cualquier cosita hecha en casa, con mis manos y con cariño. Porque entonces un pequeño detalle podía significarlo todo.

Después llegó la vida de mayor: los estudios, el trabajo, casarme, formar una familia. Me entregué en cuerpo y alma a sacarlos adelante, a darles lo mejor. Y cuando creía que estaba en la cima, cuando pensaba que todo iba bien, la vida me golpeó de la forma más brutal que puede golpear a un padre: perdí a una hija.

Desde aquel día, nada volvió a ser igual. Viví mucho tiempo en una realidad que no era la mía, en una pesadilla que se repetía cada mañana. Me refugié en el trabajo para llenar las horas, pero al terminar la jornada la ausencia regresaba, cada día más fuerte. Hasta que algo dentro de mí, que ya se había roto meses atrás en el corazón, se rompió también en la mente. Y dejé de ver la luz.

Hasta que llegó una Navidad. Unos Reyes. Y con ellos, una tarjeta hecha a mano —como las de cuando era niño—, escrita con cariño, que decía: «Vale por una impresora 3D». No había existencias hasta un mes más tarde. La esperaba para el 31 de enero y, como por arte de magia, la espera se acortó: llegó el 23, ocho días antes. Un día que jamás olvidaré.

Desde ese momento empecé a ser otro. Volví a sonreír. Y, como me dijo mi mujer, mis ojos habían recuperado el brillo. ¿Qué era esa tecnología que estaba descubriendo? Era, sencillamente, la ilusión de crear. La emoción de sostener por fin en mis manos aquellos personajes que de niño nunca imaginé que podría tener. No pensaba en vender: solo quería volver a jugar, volver a sentir, volver a soñar.

La ilusión creció tanto que en marzo amplié la familia 3D con una segunda impresora, más avanzada, para poder crear cosas que antes ni me atrevía a imaginar. Y, casi sin darme cuenta, la gente empezó a fijarse en mis creaciones. A pedírmelas. A animarme a dar el paso. Así nació, con nombre propio, Rubo Factory 3D.

Mi objetivo es sencillo y sincero: que esto se sostenga por sí solo. No pido más. Solo poder seguir creando y, poco a poco, ir ampliando esta familia 3D.

Porque esto nunca ha ido de vender objetos. Va de regalar esa misma ilusión que yo recuperé. De poner en tus manos un detalle hecho con cariño que se convierte en recuerdo, en sonrisa, en abrazo. De transformar un pequeño gesto en algo que te acompañe siempre.

Esto es lo que soy, y esto es lo que hago: pequeños detalles que dejan grandes recuerdos. Porque aprendí, del modo más difícil, que un detalle hecho con amor puede devolverle a alguien la luz.

Gracias

Gracias a todos los que me estáis animando en esta aventura.

Pero, sobre todo, gracias a mi hijo D., por hacerme aquella tarjeta, por ser mi hijo y por darle sin saberlo el pistoletazo de salida a todo esto. Gracias M, por estar a su lado en cada uno de estos momentos. Y podría seguir…

Y lo más importante: gracias a ti, mi compañera y mi faro en la oscuridad, mi amor, mi mujer B.

Y a ti, mi niña P.:
estés donde estés, te quiero.

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